No soy economista ni geoestratega, pero cada vez que el precio del petróleo pega un salto fuerte me hago la misma pregunta: ¿seguimos dependiendo demasiado de algo que no controlamos?
Seguramente mucho opinen que en el día a día hay muchas cosas que no controlamos. La meteorología por ejemplo, puede repercutir en nuestro bolsillo con pólizas de seguro más caras o bienes de consumo más caros como el aceite y no, no podemos controlarla. Pero hay cosas, como nuestro gasto diario que sí que podemos. Comprar un coche que consuma menos repercute en nuestra economía al igual que comprar una bombilla LED o una electrodoméstico A+.
Cuando ves titulares que hablan de barriles por encima de los 100 dólares otra vez, conflictos militares y ataques a infraestructuras energéticas, la sensación que a mí me ronda por la cabeza es más que clara, el precio de llenar el depósito no depende ni de ti ni de tu coche, sino de lo que ocurra a miles de kilómetros.
El último episodio lo deja bastante claro. El precio del petróleo ha subido cerca de un 11% en un solo día, superando los 103 dólares por barril, y en poco más de una semana se ha encarecido casi un 44% desde el inicio de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel. El Brent ha vuelto a cruzar la barrera psicológica de los 100 dólares, algo que siempre huele a posible crisis energética.
No hace falta ser muy imaginativo para saber cómo acaba esto normalmente: la gasolina y el diésel suben muy rápido y además, esto se va a traducir en una cesta de la compra más cara, facturas más caras y en definitiva, menos dinero –si eso puede ser- en nuestro bolsillo.
La gasolina: un precio que nunca depende de nosotros
Lo que más me llama la atención de estas situaciones es que siempre repetimos el mismo patrón. Hay una crisis geopolítica, el petróleo se dispara y casi al mismo tiempo, el precio en las gasolineras empieza a subir.
El problema es estructural. El petróleo es una materia prima global extremadamente sensible a la tensión política, especialmente cuando hablamos de regiones clave como el golfo Pérsico. Si hay ataques a infraestructuras petroleras, amenazas militares o países que paran su producción, el mercado entra en pánico.
Y cuando el mercado entra en pánico, el conductor paga la factura. Da igual que conduzcas mucho o poco. Da igual que tu coche consuma poco o que como buen forocochero, siempre le eches 20 euros. Si el barril sube a 120 dólares, llenar el depósito va a doler y lo peor de todo, vas a poder moverte menos.
Aquí es donde el coche eléctrico empieza a parecer interesante
En medio de este escenario es cuando empiezo a entender por qué cada vez más gente se plantea el coche eléctrico, aunque sea solo como idea.
No porque sea la solución perfecta ni porque sea barato de entrada —que no siempre lo es—, sino porque te desconecta bastante de este tipo de crisis.
La electricidad también puede y por supuesto va a subir, claro, pero su precio no depende exclusivamente de un conflicto militar en Oriente Medio. Depende de muchas más variables: renovables, producción local, regulación, consumo interno…
Además, tienes que saber que si estás en el mercado libre, los precios se “pactan” entre el consumidor y la compañía y se mantienen durante 12 meses, por lo que si no estás en periodo de renovación, este precio se va a mantener y no notarías las subida fruto de esta tensión.
Mientras el petróleo puede subir un 40% en una semana, el coste de cargar un coche eléctrico no tiene ese nivel de volatilidad tan brutal.
La geopolítica nos recuerda algo incómodo
Cada conflicto internacional que afecta al petróleo nos recuerda lo mismo y es que seguimos moviendo gran parte del mundo con un recurso limitado, concentrado en pocas regiones y extremadamente politizado.
Cuando un líder político dice que la subida del petróleo es “un precio pequeño a pagar”, lo dice desde un punto de vista estratégico. Pero para la gente normal ese “precio pequeño” se traduce en facturas más altas cada semana y menos dinero para disfrutar, para comprarnos lo que nos gusta o directamente para no irnos de vacaciones.
No es una decisión automática, pero sí una reflexión razonable a medio plazo
¿Significa todo esto que todo el mundo debería comprarse un coche eléctrico mañana? No necesariamente.
Si quieres sustituir tu coche por uno 100% eléctrico con buena autonomía, lo mejor que hay en el mercado sin ayudas ronda los 35.000 euros. El precio de compra es caro y la infraestructura de carga es desigual, sin embargo, si eres de los que compra un coche pensando el 90% de tus desplazamientos y no en esas vacaciones, igual el EV te cuadra más, ¿no crees?
Lo que sí parece cada vez más razonable es al menos planteárselo. Porque cada vez que el barril vuelve a superar los 100 dólares, queda claro que el coste de moverse con gasolina o diésel no depende de tu conducción, ni de tu coche, ni siquiera de tu país.
Depende de conflictos internacionales, decisiones políticas y mercados que reaccionan en cuestión de horas.
¿A cuánto debería estar la gasolina o el diésel para que merezca la pena un eléctrico?
Con los precios actuales de la energía, el coste por kilómetro de un coche eléctrico resulta claramente inferior al de un vehículo de combustión comparable.
Un eléctrico con un consumo medio de 16 kWh cada 100 kilómetros y una electricidad a 0,20 euros por kWh recorre esa distancia por unos 3,20 euros.
En cambio, un diésel que consuma 5,5 litros a los 100 km solo igualaría ese coste si el combustible bajara a aproximadamente 0,58 euros por litro, mientras que un gasolina de 6,5 litros cada 100 km necesitaría un precio de unos 0,49 euros por litro.
En la práctica, con combustibles en torno a 1,60 euros por litro, recorrer 100 km cuesta alrededor de 8,80 euros en diésel y 10,40 euros en gasolina, frente a los 3,20 euros del eléctrico. La diferencia supone un ahorro aproximado de entre 840 y más de 1.000 euros al año para un conductor medio que recorra unos 15.000 kilómetros.
9 marzo, 2026
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